Bachelet dice sentir «alivio» por no llegar a la ONU, pero su propio historial dice otra cosa

La expresidenta Michelle Bachelet sorprendió esta semana al reconocer, entre risas, que no será la próxima secretaria general de la ONU. Pero el momento y el tono elegido para decirlo —justo después del peor resultado posible en las votaciones informales del Consejo de Seguridad— invitan a preguntarse si se trata de una reflexión genuina o, más bien, de la forma más cómoda de aterrizar una derrota que ya era evidente para todos, menos, aparentemente, para ella misma hasta ahora.

La frase y su contexto

Durante el conversatorio «Migración: desafíos para el mundo, América Latina y Chile», organizado por la Universidad Diego Portales, a Bachelet le preguntaron directamente por su interés en suceder a António Guterres al frente de Naciones Unidas. Su respuesta fue, cuando menos, curiosa: «Eso mismo me pregunto yo. Tal vez porque sé que no voy a ser secretaria general», respondió entre risas, para luego repetir, ya sin matices: «Sé que no voy a ser secretaria general».

La declaración llega apenas días después de que, según los resultados divulgados por el medio especializado PassBlue, Bachelet recibiera solo dos votos de respaldo en la segunda votación informal del Consejo de Seguridad, cayendo al séptimo lugar de ocho candidatos —tal como ya reportamos en su momento—.

El problema de los tiempos

Aquí está el punto que cuesta pasar por alto. Si Bachelet realmente sentía que esta carrera no era para ella, esa sensación de «alivio» pudo haberla expresado en cualquier momento de los últimos meses. No lo hizo. Por el contrario, tras el primer revés en julio —cuando cayó al cuarto lugar— optó por viajar a México para reunirse con la presidenta Claudia Sheinbaum y luego a Brasil para conversar con el presidente Lula da Silva, en un esfuerzo activo por sostener la candidatura junto a los dos países que la patrocinan. No es el comportamiento de alguien aliviada por no continuar, sino el de alguien que peleaba, hasta hace muy poco, por seguir en carrera.

A eso se suma que la candidatura nunca fue una decisión personal y solitaria de Bachelet. Fue el propio Gabriel Boric quien la lanzó formalmente, calificándola como «una contribución seria y sustantiva» al trabajo de Naciones Unidas «en un momento en que el mundo necesita más confianza, más cooperación y más responsabilidad compartida». Ese nivel de inversión política y simbólica —de un expresidente respaldando personalmente a su antecesora— no encaja con la idea de que, desde el fondo, a Bachelet «en realidad» no le interesaba el cargo.

Una excusa con fecha de vencimiento

El patrón es, además, reconocible. Es habitual que figuras políticas que enfrentan una derrota inminente adelanten su propio relato de «esto nunca fue tan importante para mí» antes de que la derrota se confirme formalmente, como una forma de administrar el golpe ante la opinión pública. La frase de Bachelet cumple esa función casi a la perfección. Llega en el momento exacto en que la matemática de las votaciones ya no deja margen de duda, y le permite retirarse —cuando llegue el momento— no como alguien que fracasó, sino como alguien que «siempre supo» que esto terminaría así.

El propio uso del «alivio» resulta revelador. No es la palabra de alguien que nunca quiso el cargo, sino la de alguien que está soltando, con cierto cansancio, una carga que efectivamente cargó con fuerza durante meses. Viajes internacionales, reuniones bilaterales, un lanzamiento oficial en La Moneda y meses de gestión diplomática para sostener los apoyos de Brasil y México.

No todos compran el relato de la resignación

De hecho, ni siquiera dentro de su propio sector se interpretó esta declaración como una simple anécdota sin importancia. El PPD reaccionó calificándola derechamente de «confesión de parte» e instó a Bachelet a reevaluar formalmente su postulación, una lectura que refuerza la idea de que sus propios aliados políticos entendieron la frase no como un comentario ligero, sino como el primer reconocimiento público y real de que la candidatura está, en la práctica, terminada. Mientras tanto, voces como la del senador Iván Flores (DC) habían insistido semanas antes en que la candidatura «no está muerta» y que la decisión final correspondía a Brasil y México junto a la propia Bachelet, un discurso de resistencia que la propia expresidenta pareció abandonar con esta declaración.

La lectura de fondo

Más que una revelación espontánea sobre sus verdaderas prioridades, la frase de Bachelet parece cumplir una función bastante más pragmática: instalar, antes de que otros lo hagan por ella, el relato de que esta derrota nunca la afectó realmente. Es una estrategia de comunicación política perfectamente comprensible —y hasta hábil—, pero que contrasta abiertamente con los meses de esfuerzo diplomático, los viajes internacionales y el peso político que tanto ella como Boric pusieron en esta candidatura desde el primer día.