El partido de derecha Alternativa para Alemania (AfD) logró este domingo el resultado más histórico de su historia y el mejor desempeño de una fuerza de ultraderecha en unas elecciones estatales alemanas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, al imponerse con cerca de un 44% de los votos en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt, en el este del país.
Un resultado que sacude a Alemania
Según las proyecciones basadas en encuestas a pie de urna, la AfD obtendría 39 de los 83 escaños del parlamento regional —16 más que en la elección anterior—, quedando a solo tres asientos de la mayoría absoluta necesaria para gobernar en solitario. La Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido que hasta ahora lideraba el gobierno regional, se desplomó a apenas un 16-17%, perdiendo 24 escaños, mientras que el Partido Socialdemócrata (SPD) quedó en tercer lugar con un magro 8-9%. El resto de las fuerzas —Die Linke, los Verdes y la recién creada Alianza Sahra Wagenknecht (BSW)— se repartieron el resto del parlamento, mientras que los liberales del FDP quedaron sin representación.
El ministro presidente saliente, el democristiano Sven Schulze, reconoció la derrota y pidió a los líderes de todo el país «prestar atención al mensaje enviado por los votantes». La colíder federal de la AfD, Alice Weidel, calificó el resultado de «histórico» y aprovechó la ocasión para arremeter contra la CDU y el canciller Friedrich Merz, afirmando que espera su destitución y elecciones federales anticipadas «antes de Navidad». El candidato regional de la AfD, Ulrich Siegmund, de 35 años, descartó una coalición con Die Linke, pero se mostró abierto a «entablar conversaciones» con otras fuerzas, dejando abierta la puerta a un eventual acuerdo de tolerancia.
El dilema de la CDU
El resultado deja a la CDU ante un dilema estratégico complejo. Su propia doctrina prohíbe expresamente cualquier pacto con la AfD —el llamado «cortafuegos» democrático que todos los partidos tradicionales alemanes mantienen contra la extrema derecha—, pero tampoco contempla alianzas formales con Die Linke. La portavoz de la Cancillería federal, Nina Warken, calificó el resultado como un «parteaguas» para su partido y un resultado «muy, muy difícil», aunque insistió en que el Gobierno federal continuará adelante con su agenda de reformas.
Es relevante señalar que la agencia de inteligencia doméstica de Alemania clasificó a la AfD como un «grupo confirmado de extrema derecha», etiqueta que el partido impugna judicialmente, y que dirigentes destacados de la formación mantienen frecuentes viajes a Moscú y a la península de Crimea ocupada, oponiéndose a nuevos paquetes de ayuda y defensa para Ucrania.
Un fenómeno que no es aislado
Este resultado se enmarca en una tendencia que múltiples analistas describen como un cambio de ciclo político en toda Europa. Como reflejó recientemente un análisis publicado en Vozpopuli, «la izquierda tradicional pierde capacidad de movilización en buena parte del continente mientras la derecha capitaliza el descontento por la vivienda, la inmigración y el deterioro de las expectativas de futuro», citando ejemplos que van desde la debacle electoral del laborismo británico bajo Keir Starmer hasta el colapso del socialismo tradicional en Francia e Italia.
Las explicaciones sobre el fondo del fenómeno
Existen distintas lecturas, incluso desde dentro del propio mundo progresista, sobre por qué la izquierda europea atraviesa esta crisis:
El costo de vida y las transiciones energética y digital. Según un análisis de Foreign Affairs Latinoamérica, buena parte del ascenso de la derecha responde a «la narrativa antisistema vinculada estrechamente con el sentimiento de marginación económica y social», producto de los altos costos que han implicado la transición energética, la digital y la lucha contra el cambio climático en los presupuestos familiares.
La tensión entre inmigración y clase trabajadora. Un análisis de Fundación Sistema plantea que la izquierda enfrenta una tensión estructural. Al poner el acento en las minorías y en colectivos migrantes, corre el riesgo de distanciarse de los sectores populares autóctonos, cuyos intereses económicos inmediatos no siempre coinciden con los de esas otras causas, debilitando la capacidad de los partidos socialdemócratas de representar a una base social amplia y heterogénea.
El giro hacia lo posmaterial. El catedrático español de Ciencia Política Ignacio Sánchez-Cuenca —descrito como un referente del análisis progresista, es decir, una voz crítica desde dentro del propio sector— sostiene que el avance de la derecha responde a una transformación estructural de las izquierdas, que habrían ido abandonando progresivamente las demandas materiales y económicas de sus bases tradicionales en favor de agendas identitarias, generando lo que otros analistas describen como un «choque cultural» con una clase trabajadora que siente que la izquierda ya no defiende ni sus intereses económicos ni su seguridad cotidiana.
Una falla sistémica más que una «patología» del electorado. El exministro griego Yanis Varoufakis ofrece una lectura distinta: sostiene que el ascenso derechista no es una anomalía del votante, sino el síntoma de un fracaso sistémico de la arquitectura política europea, que ha generado «perdedores crónicos» durante años, y que la derecha «no ha creado la rabia, sino que simplemente la ha organizado» en su beneficio electoral. En la misma línea, el analista Mujtaba Rahman, de la consultora Eurasia Group, describe el fenómeno como «una forma sofisticada de fracaso estatal», en la que los gobiernos son incapaces de responder a las preocupaciones sobre el costo de vida ni de cumplir con sus votantes.
La agilidad narrativa de la derecha. Incluso algunos análisis abiertamente identificados con la izquierda, como uno publicado en Prensa Comunitaria, reconocen sin ambigüedades que «las ultraderechas han sido sistemáticamente más ágiles, más creativas y dispuestas a romper las convenciones que la izquierda progresista» en la batalla por instalar un relato dominante, aun cuando consideren ese relato «absolutamente cuestionable» en el fondo.
Lo que viene
Con Sajonia-Anhalt como uno de los cinco estados alemanes que renuevan gobierno regional durante 2026 —junto a Baden-Württemberg, Renania-Palatinado y Berlín—, y con Francia, España e Italia enfrentando citas electorales relevantes en el horizonte cercano según analistas consultados por la prensa europea, el resultado de este domingo se interpreta como una nueva pieza de un fenómeno político que, lejos de mostrar señales de reversión, continúa consolidándose en distintos países del continente.