Este jueves, los expresidentes Gabriel Boric y Michelle Bachelet publicaron una declaración conjunta —firmada, difundida y comentada primero en redes sociales— para pedirle al Presidente en ejercicio, José Antonio Kast, que «reconsidere» la adhesión de Chile al Escudo de las Américas. Más allá de si tienen razón en el fondo, hay algo en la forma que merece detenerse a pensar: esto es, sencillamente, muy impropio.
Lo que dice la carta
En su declaración, Boric y Bachelet advierten que «esa cooperación debe realizarse siempre resguardando plenamente la autonomía de las decisiones de Chile y sin subordinar nuestra política exterior, de seguridad o defensa a prioridades definidas por una potencia extranjera», y sostienen que «en el actual escenario geopolítico, Chile no debe verse obligado a escoger un bando». El propio Boric anunció el documento en su cuenta de X: «Con @mbachelet hemos escrito esta declaración conjunta ante la adhesión del gobierno de Chile a la iniciativa del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, del ‘Escudo de las Américas’. Invitamos al Presidente José Antonio Kast a reconsiderar la permanencia de Chile en esta…».
Puede que el argumento de fondo —el resguardo de la soberanía y la autonomía estratégica frente a Washington— sea uno legítimo de discutir. Ese no es el punto. El punto es cómo se decidió plantearlo: no en una conversación reservada con el canciller, no en un llamado privado a La Moneda, ni siquiera en una entrevista mesurada, sino en una carta pública, coescrita por dos expresidentes de sectores distintos, y difundida primero por redes sociales, como quien lanza un comunicado de campaña.
Un límite que, hasta ahora, nadie había cruzado así
No se puede imaginar al Presidente Patricio Aylwin o a Eduardo Frei Ruiz-Tagle criticando públicamente, vía declaración conjunta, una decisión de política exterior del Presidente Ricardo Lagos. No se puede imaginar a Lagos saliendo a cuestionar por escrito a Sebastián Piñera por su rol en la Alianza del Pacífico. Ni a Piñera criticando a Bachelet por su impulso a UNASUR a través de una carta pública. Sean quienes sean, y con el respeto que merecen todos los expresidentes de la República —independiente del sector del que vengan y las ideas que representen—, existía hasta ahora una norma no escrita, pero real. Los asuntos de Estado en materia de relaciones internacionales se resguardan con un cuidado especial, precisamente porque no son propiedad de un gobierno de turno, sino de todos los gobiernos que ha tenido y tendrá Chile.
Esa norma no es un capricho protocolar. Es, en el fondo, una forma de proteger algo mucho más grande que cualquier diferencia política puntual. La credibilidad de la institución presidencial frente al resto del mundo. Cuando dos expresidentes salen a cuestionar públicamente, en tiempo real y por redes sociales, una decisión de seguridad y política exterior del Presidente en ejercicio, el mensaje que reciben los demás países no es «en Chile hay pluralismo político». El mensaje es «en Chile no hay institucionalidad», justo en el peor momento posible: cuando Chile necesita mostrar una sola voz frente a sus socios internacionales, no una carta de disidencia interna publicada a las pocas horas de conocerse una decisión.
No es solo una opinión
No hace falta ser cercano al Gobierno para notar el problema. La propia Karla Rubilar, una figura que no pertenece a la actual coalición oficialista, reaccionó con dureza a la carta de los expresidentes: «Esto nos deja muy mal parados», señaló, agregando que «nada de esto ayuda». Es exactamente el punto. No se trata de si uno está de acuerdo o en desacuerdo con la adhesión de Chile al Escudo de las Américas —un debate perfectamente legítimo, que ya sostienen distintos sectores de la oposición en el Congreso—, sino de si ese debate debe darse a través de una vocería excepcional y pública de dos expresidentes, con el peso simbólico que eso conlleva ante la comunidad internacional.
El costo que no se ve de inmediato
Estos «detalles» de forma tienen un costo que no se mide en la coyuntura de la semana, sino en el tiempo. Una institución bicentenaria, como la Presidencia de la República, se construye también con los gestos de autocontención de quienes ya la ejercieron. Con el silencio deliberado frente a la tentación de opinar sobre cada decisión del sucesor, con la conversación privada en lugar de la carta pública, con la distinción clara entre ser un ciudadano con derecho a opinión —que por supuesto lo son, y con toda legitimidad— y ser un expresidente, cuya palabra pública sobre materias de Estado tiene, quiéranlo o no, un peso institucional distinto al de cualquier otro ciudadano.
Como chilenos, y con el respeto que debemos tener por ambos expresidentes, se podría esperar de ellos —y de cualquier otro que haya ejercido ese cargo, sea del sector que sea— un poco más de cuidado en las formas cuando se trata de conducción de relaciones internacionales. No porque no tengan derecho a discrepar del rumbo que toma Kast. Sino porque, en esta materia específica, la manera en que se discrepa importa tanto como lo que se discrepa. Y esta vez, la forma eligió el camino equivocado.