«En el centro no hay nada»: el argumento de una columna contra los políticos indecisos

Basado en la columna de opinión de Guillermo Bilancio «El “centro” no existe…», publicada en El Dínamo.

Una columna de opinión publicada este lunes plantea una idea que va contra una creencia bastante extendida: que ser «de centro» en política es sinónimo de ser razonable, dialogante y capaz de conectar con la mayoría de la gente. Para el autor, esa idea es un error, y explica por qué.

La trampa del «centro»

Según el columnista, en los últimos tiempos se instaló la idea de que un político que no se ubica en los extremos ideológicos es simplemente alguien moderado, un «centrista» que usa esa moderación para ganarse la simpatía de una sociedad que, supuestamente, no quiere extremos. El problema, dice, es que muchos políticos y gobernantes usan esa etiqueta de forma falsa: adoptan un estilo que parece dialogante y equilibrado solo porque creen que así van a mantener una buena imagen o, si son candidatos, ganarse a los votantes que todavía no han decidido su voto.

Ahí está, para el autor, el primer error de cálculo. Esas personas indecisas no son personas sin opinión. Según explica, un «indeciso» no es alguien que no sabe qué quiere, sino alguien que todavía no sabe a quién votar, pero que tiene muy claro qué es lo que le falta y qué le exige a un futuro gobernante. Por eso, cuando un candidato arma su discurso en un «centro» difuso pensando en atraer a esas personas, en realidad termina pareciendo tan indeciso como ellas, en lugar de convencerlas con algo concreto.

Moderación no es lo mismo que ambigüedad

El columnista es claro en marcar una diferencia: una cosa es gobernar con ideas firmes pero aplicarlas de forma flexible, adaptándolas a los problemas reales del momento, y otra muy distinta es no tener una posición clara sobre nada. Lo primero, para él, es una virtud; lo segundo es lo que termina transformándose en parálisis. «En el centro no hay nada», resume el autor.

Además, plantea que a la gente común no le interesan las etiquetas ideológicas abstractas —si la derecha significa orden y conservadurismo, o si la izquierda significa un Estado que se desborda—, porque en la práctica se puede ser de un sector político y aplicar recetas que uno asociaría con el sector contrario. Lo que realmente le importa a las personas, según el columnista, es si los problemas cotidianos se resuelven o no, más allá de la etiqueta ideológica con la que se presente quien gobierna.

La alternativa que propone: pragmatismo, no tibieza

Frente a esta idea de un «centro» vacío, el autor propone otro concepto: el pragmatismo. Aclara que no es lo mismo que la tibieza ni que la indecisión, porque el pragmatismo sí tiene convicciones, solo que las aplica de manera práctica para resolver problemas concretos, tomando lo que funciona de distintas ideas en lugar de aferrarse a un solo modelo rígido. Según el columnista, las sociedades que han logrado avanzar y mejorar sus condiciones de vida lo hicieron aplicando este tipo de pragmatismo, y no defendiendo ideas absolutas de un solo lado del espectro político.

Los ejemplos que menciona, y su propia crítica hacia ellos

Para ilustrar su punto, el autor hace una excepción dentro de su propio argumento: menciona a mandatarios como Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele, del lado que él describe como derecha radical, y a Daniel Ortega y Miguel Díaz-Canel, del lado de la izquierda radical. Es importante precisar que el columnista no los pone como buenos ejemplos de pragmatismo, sino todo lo contrario: los describe como casos donde, según su opinión, gobiernan con un modelo en el que la forma autoritaria de ejercer el poder termina disfrazándose de democracia, más allá de las ideas que digan representar. Es decir, los usa como la excepción radical a la regla que él mismo cuestiona —la de los políticos «moderados» de forma falsa—, no como modelos a seguir.

La conclusión de la columna

El columnista cierra con una idea central: la política, para él, es acción efectiva para resolver lo que es necesario, no una discusión filosófica interminable sobre qué tan de centro, de izquierda o de derecha es alguien. Advierte que cuando la moderación se confunde con la ambigüedad, el resultado es la parálisis, y que esa parálisis termina siendo el verdadero costo de intentar quedar bien con todos sin tomar una posición clara sobre nada.

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