A la tercera, ¿la vencida o la vengada?

Dicen que no hay segunda sin tercera, y Michelle Bachelet, consultada este miércoles en TVU, respondió: «yo creo que sí». No fue un anuncio ni una proclamación, fue una sonrisa con la puerta entreabierta. Pero en política, una puerta entreabierta es la forma más elegante de avisar que se piensa entrar.

Hace dos años pensaba distinto. Repetir el «servicio militar» por tercera vez, dijo en 2024, era «un poquito mucho». Se ve que, en política, el servicio militar es como las promesas: voluntario cuando conviene.

El problema de las despedidas largas es que invitan al olvido. Y como en Chile «pasar la cuenta» sirve tanto para cobrar una deuda como para desquitarse, hagamos lo primero antes de que alguien haga lo segundo. Ítem por ítem, con detalle y sin adjetivos que sobren.

Recordemos la puerta que quedó abierta. Los haitianos en Chile eran menos de 1.800 en 2014 y cerca de 120.000 en abril de 2018, según la OIM con cifras oficiales. Nadie culpa a quien cruza medio mundo buscando futuro; se le exige cuentas al Estado que lo recibió sin plan. Hubo diputados que pidieron exigir visa y el Ejecutivo respondió que lo estaba estudiando. Estudió tanto que la visa llegó con el gobierno siguiente, en abril de 2018.

Recordemos la reforma tributaria, esa que iba a financiar el Chile justo. Prometía recaudar 3% del PIB y dejó una economía que creció 1,7% en promedio, frente al 5,3% del primer gobierno de Piñera. Dejó además cuatro años seguidos de inversión a la baja y una deuda pública que casi se duplicó, de 12,7% a 23,6% del PIB, según Hacienda. Sus defensores culpan al cobre. El cobre cayó, es cierto, pero el cobre no redactó la reforma.

Recordemos Caval, y seamos precisos, que de eso se trata la memoria. La justicia sobreseyó a Sebastián Dávalos, condenó a Natalia Compagnon solo por un delito tributario y no hubo condena por tráfico de influencias. Pero hay juicios que no se dictan en Rancagua sino en la calle. En septiembre de 2015, la encuesta Cadem mostró a Caval como el caso que más había herido la confianza en el sistema político, y la aprobación de la Presidenta tocó el 20%.

Recordemos la noche del 27F. Fue en su primer gobierno, pero la memoria no distingue períodos. El terremoto dejó 525 fallecidos, y el tsunami se llevó 181 vidas, según la Fiscalía, sin que nadie alertara a la población. Seis personas fueron imputadas, entre ellas su subsecretario del Interior y la directora de la Onemi. El mar llegó puntual; la alerta, nunca.

Recordemos el Apruebo. Mientras Frei votaba Rechazo y Lagos pedía reformas, Bachelet fue la única expresidenta o expresidente vivo que dijo «estoy por el Apruebo». Cuando casi todos miraban hacia un lado, ella miró hacia el otro, y Chile respondió con un 61,86% por el Rechazo. No es una política de su gobierno, pero sí un termómetro de cómo leyó al país.

Y recordemos la educación, la gran promesa. Prometió terminar con la selección, el lucro y el copago para emparejar la cancha. Según el Observatorio del Contexto Económico de la UDP, los Liceos Emblemáticos bajaron 21 puntos en el Simce desde la reforma y hoy rinden bajo la mediana nacional. La promesa era mejorar la calidad y cerrar brechas, y ese mismo estudio concluye que no se cumplió.

Entonces llegó la ONU. En marzo, el Gobierno de José Antonio Kast retiró el patrocinio de Chile a su candidatura por considerarla inviable; Brasil y México la mantuvieron. En septiembre, Bachelet bajó su postulación, tras quedar penúltima en un sondeo del Consejo de Seguridad. Consultada por cuánto pesó la decisión chilena, respondió: «¿Cuánto pesó? No lo sé». Nosotros tampoco. Pero cuesta no preguntarse si este regreso es vocación de servicio o ajuste de cuentas. Solo ella tiene la respuesta, aunque la pregunta ya anda suelta por Chile.

Queda, por último, la renovación. Tiene 75 años y, si ganara en 2029, asumiría a los 78. Partidos de oposición le organizaron un homenaje en La Pintana, y ella habló de trabajar por la unidad del progresismo. Habla de unidad, pero no de liderazgo. En su propio sector hay reparos del Frente Amplio que dice que «queda largo trecho» y el gobernador Rodrigo Mundaca que dijo no creer en liderazgos que disciplinan.

Unidad es una cosa. Otra es que cada vez que el progresismo mire hacia adelante se encuentre con la misma cara en el espejo retrovisor. Todo Chile necesita aire fresco, y no es cuestión de edad sino de turnos.

Hacer memoria no es rencor, es higiene democrática. El tiempo ayuda a sanar, pero no a absolver. Y si Bachelet quiere una tercera, que sea con la segunda a la vista.

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