Solo en algunas semanas, la izquierda latinoamericana perdió tres países. Chile en marzo. Perú con Keiko el 7 de junio. Colombia con De la Espriella el 21 de junio. No es coincidencia. No es campaña mediática. Es el veredicto de millones de ciudadanos que vivieron en carne propia lo que produce el estatismo, la corrupción y el discurso populista: inseguridad, inflación, instituciones destruidas y economías que no crecen. Latinoamérica está cambiando. Y lo está haciendo en las urnas.
El domingo 21 de junio, a las 4:00 de la tarde hora de Colombia, cerraron las mesas de votación para la segunda vuelta presidencial. Nueve minutos después, la Registraduría Nacional comenzó a publicar los primeros resultados. Y antes de que terminara la noche, el veredicto era claro.
Abelardo de la Espriella ganó en segunda vuelta las elecciones presidenciales en Colombia con 12.944.441 votos, una estrecha ventaja de 247.287 papeletas sobre el izquierdista Iván Cepeda del Pacto Histórico.
De la Espriella sucederá en el poder a Gustavo Petro y desde el 7 de agosto será el nuevo Presidente de Colombia hasta 2030. La derecha volverá al poder en ese país tras cuatro años de gobierno de izquierda.
El Presidente Kast fue uno de los primeros en reaccionar: «Comienza una nueva etapa de libertad para Colombia que les permitirá recuperar la seguridad y la prosperidad.»
El legado de Petro: lo que Colombia quiso dejar atrás
Para entender por qué Colombia votó como votó, hay que entender qué ocurrió en los cuatro años de gobierno de Gustavo Petro.
Petro llegó al poder en 2022 como el presidente de la izquierda cuyo proyecto prometía reformar las pensiones, expandir la salud pública, negociar con las guerrillas y transformar el modelo económico del país. Cuatro años después, el balance que la ciudadanía colombiana hizo en las urnas es elocuente.
La inflación acumulada durante su gobierno superó el 30%. El desempleo se mantuvo obstinadamente elevado. Las negociaciones con el ELN y las disidencias de las FARC no produjeron resultados concretos de seguridad. La criminalidad siguió siendo uno de los principales problemas de los colombianos. Y las reformas estructurales que prometía, desde la pensión hasta la de salud, quedaron atrapadas en el Congreso o se aprobaron en versiones tan diluidas que no cumplían sus propias promesas.
De la Espriella, quien prometió gobernar con «mano de hierro», ha elogiado el sistema del Presidente de El Salvador y dice que en su gobierno impulsaría las megacárceles.
El mensaje de los colombianos fue claro: probaron la izquierda, evaluaron los resultados y decidieron cambiar de rumbo.
La reacción de Petro: el manual del perdedor que no acepta perder
Pero hay un elemento del resultado colombiano que merece un análisis especial. No el resultado en sí, sino la reacción del presidente saliente.
El presidente colombiano, Gustavo Petro, denunció «muchas irregularidades» en la votación y señaló que «no se puede proclamar a ningún presidente.» Petro insistió en que esperaría al escrutinio, en una postura que ya había adoptado tras la primera vuelta del 31 de mayo, cuando tampoco reconoció los resultados del preconteo.
De la Espriella pidió al presidente Petro que respetara el resultado de las elecciones y se abstuviera de «desatar un incendio social. Aquí no va a haber una tercera vuelta en las calles.»
El patrón es conocido en América Latina: cuando la izquierda gana, las elecciones son democráticas y legítimas. Cuando pierde, aparecen las «irregularidades», las impugnaciones y los llamados a la movilización. Es el mismo libreto que usó Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Castillo en Perú. Petro lo está reproduciendo ahora en Colombia.
Mientras tanto, De la Espriella fue el candidato más votado por los colombianos en el exterior, con el 65,24% de los votos. Quienes conocen de cerca cómo funciona un país ordenado, con instituciones estables y economías formales, votaron masivamente por el cambio.
El caso Perú: ocho presidentes como lección de historia
El ejemplo más extremo de lo que produce la inestabilidad política de izquierda en la región es el que ya documentamos en estas páginas: Perú.
En menos de diez años, Perú tuvo ocho presidentes. La secuencia es un catálogo de los fracasos del populismo latinoamericano: Kuczynski renunció para evitar la destitución. Vizcarra clausuró el Congreso y terminó destituido. Merino duró cinco días. Sagasti fue gobierno de transición. Castillo intentó un golpe de Estado y fue arrestado. Boluarte asumió en medio del caos y también fue destituida. Y los dos presidentes interinos que completaron el ciclo llevaron a Perú al límite de la ingobernabilidad.
La victoria de Keiko Fujimori, que está ganando la segunda vuelta presidencial en Perú con pocos votos de diferencia, se produjo en el contexto de esa inestabilidad acumulada durante la última década.
Los peruanos que más claramente votaron por Keiko fueron exactamente los que tenían más perspectiva para hacerlo: los que viven en el extranjero. Quienes conocen cómo funciona un Estado con instituciones estables eligieron el orden sobre el caos por un margen de casi 2 a 1.
El mapa que está cambiando: el giro regional que nadie anticipaba
Hace apenas tres años, el mapa político de Sudamérica parecía inclinarse definitivamente hacia la izquierda. Chile eligió a Boric en 2021. Colombia eligió a Petro en 2022. Argentina tenía a Alberto Fernández. Brasil a Lula. Bolivia a Arce. Perú a Castillo.
Hoy ese mapa se ve completamente diferente.
Chile eligió a Kast en diciembre de 2025 con el 58% de los votos. Perú eligió a Keiko Fujimori el 7 de junio de 2026. Colombia eligió a De la Espriella el 21 de junio de 2026. Argentina ya tenía a Milei desde noviembre de 2023. Ecuador a Noboa.
En pocas semanas, tres países de Sudamérica eligieron presidentes de centroderecha. No es un fenómeno aislado. Es una tendencia que responde a algo concreto: los ciudadanos latinoamericanos que tuvieron gobiernos de izquierda en los últimos años evaluaron los resultados y decidieron cambiar de rumbo.
El denominador común del fracaso izquierdista en la región
¿Por qué la izquierda está perdiendo en tantos países al mismo tiempo? El análisis no es ideológico. Es empírico. Los países con gobiernos de izquierda en la última década comparten características que sus propias ciudadanías terminaron rechazando.
Estatismo sin eficiencia: La expansión del Estado como solución a todos los problemas generó burocracia, ineficiencia y corrupción, sin los resultados de bienestar prometidos. Cada nuevo ministerio, cada nueva agencia, cada nueva regulación agregó costo sin agregar valor.
Populismo sin sustento fiscal: Las promesas de gasto social generoso sin fuentes de financiamiento claras terminaron en déficits, deudas y ajustes fiscales dolorosos. Los mismos ajustes que los gobiernos de izquierda habían prometido evitar.
Discurso anti-institucional: La narrativa de que las instituciones son instrumentos del poder económico llevó a ataques contra la independencia del poder judicial, del banco central, de los organismos electorales. El resultado fue la erosión de la confianza institucional que es el pilar de cualquier democracia funcional.
Inseguridad: Sin excepción, los países con gobiernos de izquierda de la región enfrentaron crisis de seguridad que no supieron resolver. En Colombia, el crimen organizado creció durante el gobierno de Petro. En Chile, el Tren de Aragua amenazaba con granadas en el Teatro Caupolicán. En Perú, el propio presidente era acusado de liderar una organización criminal.
Lo que Chile le enseñó a la región: coherencia antes que promesas
El caso chileno tiene una peculiaridad en este contexto regional: fue el primero de esta nueva ola. Kast ganó en diciembre de 2025 prometiendo exactamente lo que está trabajando: orden fiscal, seguridad, control migratorio y reactivación económica. Sin promesas imposibles. Sin populismo de ningún color.
Los resultados a 100 días hablan por sí solos: US$16 mil millones en inversión desbloqueada, 22 días sin atentados en la Macrozona Sur, la morosidad del CAE siendo cobrada, el Censo auditado, los niños haitianos siendo buscados activamente. No es un gobierno perfecto. Pero es un gobierno que hace lo que dice.
Ese es el contraste que Latinoamérica está procesando. Y en Colombia, Perú y Chile, la respuesta ciudadana fue la misma: preferimos la honestidad de un gobierno que cumple lo que puede cumplir, antes que las promesas imposibles de un gobierno que promete lo que no puede entregar.
La advertencia que nadie debe ignorar
El giro regional es real, pero no es irreversible. De la Espriella ganó en Colombia por apenas 247.000 votos. Keiko está ganando en Perú por 40 mil votos. Doce millones de votos por la izquierda en Colombia es una cifra contundente. La izquierda sigue fortalecida como proyecto político.
El giro existe. La demanda ciudadana por orden, seguridad y crecimiento existe. Pero los gobiernos que ganen con esa agenda tienen la obligación de cumplirla. Porque si la alternativa de derecha también defrauda, la ciudadanía puede volver a buscar en el otro lado.
El verdadero juicio de esta ola regional no es si De la Espriella, Fujimori o Kast ganaron. Es si van a gobernar con la coherencia que la ciudadanía exige. Latinoamérica no eligió a la derecha porque la ama. La eligió porque evaluó la izquierda y encontró que prometió más de lo que pudo entregar.