Inspirado en la columna «La confianza como un valor», de Ignacio Sánchez, publicada en La Tercera.
Hay una crisis en Chile que no aparece en el precio de la bencina ni en la tasa de desempleo. No tiene cifra en el IPC ni porcentaje en el PIB. Pero está ahí, medible y documentada, erosionando todo lo demás como el agua que desgasta la roca: la crisis de confianza.
El rector Ignacio Sánchez la describe con precisión en su columna publicada en La Tercera: la confianza, esa «esperanza firme en algo o alguien», es la base de toda sociedad que quiere prosperar. Y en Chile, esa base lleva años cuarteándose.
El diagnóstico: Chile desconfía de todo y de todos
Los números de la Encuesta Bicentenario UC no dejan espacio para la autocomplacencia. La confianza institucional en los últimos años ha tenido una significativa disminución. Los chilenos desconfían del gobierno, del Congreso, de los partidos políticos y de los tribunales de justicia.
No es una sensación. Es una tendencia sostenida que se aceleró con fuerza después de 2019 y que el ciclo político de los últimos años no hizo más que profundizar.
¿Por qué? Porque la confianza se construye con una sola materia prima: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y esa coherencia brilló por su ausencia en el ciclo político reciente.
Se prometió condonar el CAE y no se condonó. Se prometió un nuevo sistema de financiamiento universitario y no llegó. Se prometió orden y llegó el caos del estallido sin respuesta efectiva. Se prometió combatir el crimen organizado y el Tren de Aragua llegó a amenazar con granadas en el Teatro Caupolicán. Se prometió transparencia fiscal y se escondieron US$10.500 millones bajo la alfombra.
No son acusaciones políticas. Son hechos verificados que los chilenos vivieron en tiempo real. Y cada promesa incumplida depositó un nuevo ladrillo en el muro de la desconfianza.
Por qué la polarización destruye la confianza
Sánchez identifica un mecanismo que vale la pena entender: la polarización y fragmentación política aumentan el nivel de desconfianza porque los grupos de interés se aíslan y se informan en sus propias redes sociales, lo que genera confusión y desinformación.
Es exactamente lo que ocurrió en Chile en los últimos años. La política se convirtió en un deporte de trincheras. Los que apoyan al gobierno consumen medios del gobierno. Los que se oponen consumen medios de oposición. Y en el medio, la verdad se fragmenta hasta volverse irreconocible.
El resultado es una sociedad donde la desconfianza no es solo hacia las instituciones. Es hacia el vecino. Hacia el compañero de trabajo. Hacia quien vota distinto. La ausencia de contacto y conocimiento personal genera desconfianza por la falta de ver y conocer a un «otro» real, explica Sánchez. Cuando dejamos de vernos como personas concretas y empezamos a vernos como representantes de bandos, la confianza se hace imposible.
Y sin confianza, nada funciona. Ni la economía, ni la política, ni la convivencia cotidiana.
Lo que el gobierno de Kast puede hacer diferente
Aquí es donde la columna de Sánchez conecta con el momento político actual. Porque la crisis de confianza no se resuelve sola. Requiere liderazgos que la reconstruyan activamente. Y eso exige exactamente lo que más escaseó en el ciclo anterior: coherencia.
El gobierno de Kast tiene una ventaja que sus antecesores no supieron aprovechar: llegó con compromisos claros, medibles y públicos. Seguridad, reactivación económica, orden fiscal, respaldo a las policías. No son promesas vagas. Son compromisos que cualquier ciudadano puede evaluar mes a mes.
Y a 90 días de gestión, la coherencia está siendo visible. Prometió destrabar inversión y lo hizo: US$16 mil millones en 90 días. Prometió ir contra el crimen organizado y lo hizo: el vocero de la CAM condenado, el werkén de Temucuicui capturado, «El Sata» detenido, el Tren de Aragua desarticulado. Prometió transparentar las finanzas y lo hizo: la auditoría que reveló el desastre heredado fue publicada, no escondida.
Eso no es perfección. Es coherencia. Y la coherencia, aunque parezca un valor menor, es la materia prima de la confianza.
La aprobación de Kast subió después de la Cuenta Pública. No porque haya resuelto todos los problemas. Sino porque Chile comenzó a percibir que lo que el gobierno dice y lo que hace van en la misma dirección.
El desafío más profundo: la confianza que se construye de abajo hacia arriba
Sánchez va más lejos que la política en su análisis. Y tiene razón en hacerlo. Porque la confianza institucional es importante, pero no es suficiente. La confianza real se construye en las comunidades, en los barrios, en los espacios donde las personas se encuentran como personas y no como votantes o adversarios.
La mayor frecuencia de actividades comunitarias, sociales, artísticas y deportivas se asocia a una mayor confianza, describe Sánchez citando experiencias internacionales. Los centros comunitarios, los clubes, las agrupaciones locales y las comunidades de fe son espacios donde esa confianza se cultiva de manera silenciosa pero duradera.
Chile necesita eso con urgencia. No solo mejores políticas públicas. Necesita volver a encontrarse. A conversar. A reconocer al otro como alguien real, con nombre, con historia y con razones para pensar distinto.
El Plan de Intervención Barrial Intensivo que el gobierno anunció en la Cuenta Pública apunta en esa dirección cuando combina presencia policial con recuperación de espacios públicos y trabajo con municipios. No es solo seguridad. Es una apuesta por devolver a los barrios más vulnerables la condición de lugares donde la comunidad puede existir.
Pero el Estado no puede hacer todo esto solo. La confianza que el rector Sánchez describe no se decreta. No se puede legislar. Se cultiva en cada conversación, en cada actividad comunitaria, en cada vez que alguien decide conocer al vecino que antes ignoraba.
La oportunidad histórica que Chile tiene hoy
Chile está en un momento bisagra. La desconfianza acumulada en los últimos años es real y profunda. Pero también es cierto que los ciclos de desconfianza se pueden romper. No con grandes gestos simbólicos. Con acumulación de pequeñas coherencias.
Cuando el gobierno cumple lo que promete, la confianza institucional sube. Cuando los vecinos se reencuentran en espacios comunitarios recuperados, la confianza social se reconstruye. Cuando los líderes políticos hablan de los problemas reales con la verdad que corresponde, aunque duela, la credibilidad vuelve lentamente.
Chile necesita líderes que hagan lo que dicen. Que reconozcan los errores cuando los cometen. Que no escondan los problemas sino que los enfrenten. Que construyan país desde la verdad y no desde el relato.
Ese Chile es posible. Y la oportunidad de construirlo está, por primera vez en años, sobre la mesa.