Tras el retiro de Michelle Bachelet de la carrera por la Secretaría General de la ONU, una parte de la oposición ha intentado instalar la idea de que su fracaso se explica únicamente por el retiro del apoyo del Gobierno de José Antonio Kast. Sin embargo, una revisión detallada de cómo se gestó y ejecutó la campaña muestra que los verdaderos motivos del fracaso son estructurales, anteriores a Kast, y ajenos por completo a la política doméstica chilena.
Un cálculo que nunca incluyó a quien realmente decide
El error más determinante fue de diseño. La campaña se construyó sobre análisis cualitativos e informales, elaborados por la entonces embajadora ante la ONU, Paula Narváez, a partir de conversaciones de pasillo con representantes de misiones diplomáticas. Esos análisis «sobreestimaron el ambiente que había en el mundo diplomático más progresista que conforma la Asamblea General», según reconocen ahora en la propia Cancillería y en el entorno de Bachelet, pero nunca hubo una lectura fina de lo que realmente pensaban los miembros del Consejo de Seguridad, la instancia que en la práctica decide quién llega a la Secretaría General.
El dato más revelador es este, es que pese a las extensas redes de Narváez en la ONU, jamás logró reunirse con la misión de Estados Unidos. No habló ni con la embajadora demócrata Linda Thomas-Greenfield, ni con Michael Waltz, el representante designado por Donald Trump. Esa ausencia total de contacto directo con Washington —potencia con derecho a veto en el Consejo de Seguridad— dejó a la campaña completamente ciega frente al «brusco giro» que la segunda administración Trump venía imponiendo contra el multilateralismo, un factor geopolítico que no tiene relación alguna con lo que decidiera hacer cualquier gobierno chileno.
El propio Boric ya dudaba antes de que existiera Kast
Es revelador que la propia Cancillería de Gabriel Boric, antes incluso de que Kast asumiera, ya tenía dudas fundadas sobre la viabilidad del proyecto. El entonces canciller Alberto van Klaveren «observaba que el escenario global, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca por segunda vez, hacía muy difícil un triunfo». Es decir, el escepticismo sobre las posibilidades reales de Bachelet no nació con el cambio de gobierno en Chile, sino que ya existía dentro del propio equipo que impulsó la candidatura.
El diseño de la campaña dependía de que ganara la derecha
Uno de los antecedentes más reveladores es que la propia arquitectura de la candidatura fue diseñada asumiendo que la elección presidencial chilena de 2025 la ganaría la derecha, y específicamente que sería Evelyn Matthei —por su «historia y trayectoria»— quien respaldaría la carrera de Bachelet. Esa tesis, compartida por los principales responsables de la diplomacia del gobierno de Boric, se sostuvo incluso cuando las encuestas ya mostraban a Kast superando a Matthei. El error de cálculo fue tan determinante que postergó las gestiones necesarias para generar un clima de apoyo transversal con la entonces oposición, cuando aún había tiempo de sobra para hacerlo.
De hecho, fuentes cercanas a la misión chilena en Nueva York confirman que Narváez sugirió varias veces a la Cancillería formar un equipo amplio que incluyera a personeros de la derecha, para que ese sector se sintiera parte de la campaña desde el principio. Esa recomendación nunca se implementó. Recién varios meses después se intentó un acercamiento con el entonces candidato Kast, encargado a un solo funcionario —Frank Tressler— cuyas redes, reconocen en el propio entorno de Bachelet, «no se extendían al mundo republicano». Es decir, la falta de un vínculo temprano y sólido con el sector que terminó gobernando fue una decisión y una omisión del propio equipo de campaña montado bajo Boric, no una consecuencia de la actitud de Kast una vez en el poder.
Una campaña que llegó tarde a organizarse
La revisión también documenta una demora administrativa relevante. La Cancillería chilena recién instruyó formalmente a todas sus embajadas a levantar información sobre el respaldo real que tenía la candidatura a fines de septiembre de 2025, es decir, más de dos meses después de que Bachelet ya hubiese aceptado, en privado, lanzarse a la carrera (17 de julio de 2025). Cercanos a la misión en Nueva York reclamaron reiteradamente por la falta de una estructura de campaña ordenada desde Santiago, e incluso denunciaron que un plan de acción diseñado por la propia embajada nunca tuvo seguimiento real desde la Cancillería.
Una tendencia de votos que refleja dinámicas ajenas a Chile
Los resultados concretos en el Consejo de Seguridad confirman que el problema fue de fondo, no de respaldo doméstico. Bachelet pasó de figurar como favorita en encuestas especializadas de 2024, a ocupar el cuarto lugar en julio, y finalmente la penúltima posición entre ocho candidatos en la última votación informal, obteniendo apenas un voto de respaldo y once en contra en el tercer straw poll. Esta caída sostenida, medición tras medición, refleja el reacomodo geopolítico real dentro de un Consejo de Seguridad dominado por potencias con sus propias prioridades —y no una consecuencia de decisiones tomadas en La Moneda durante 2026.
La conclusión de fondo
El propio relato reconstruido por la prensa nacional deja en evidencia que la candidatura de Bachelet enfrentó, desde su origen, una acumulación de errores estructurales. Falta de contacto con Washington, un diseño de campaña que apostaba a un resultado electoral chileno específico que no ocurrió, demoras administrativas de meses, y una lectura excesivamente optimista de un escenario multilateral que ya estaba cambiando radicalmente con la segunda administración Trump. Ninguno de estos factores depende de si el Gobierno de Kast decidía o no patrocinar formalmente la candidatura. El resultado final —una derrota que se profundizó votación tras votación hasta terminar en el penúltimo lugar— sugiere que, incluso con el respaldo pleno y desde el primer día del actual Gobierno chileno, la candidatura enfrentaba obstáculos que superaban por completo la voluntad política de cualquier administración nacional.