POR QUÉ LA IZQUIERDA SE ESCANDALIZA DE UNA FRASE QUE DICE EL 70% DE LOS CHILENOS

Inspirado en la columna «Que Dios bendiga a Chile», de Álvaro Ferrer del Valle, publicada en El Líbero.

El Presidente José Antonio Kast cerró su primera Cuenta Pública con cuatro palabras: «Que Dios bendiga a Chile.» Cuatro palabras que en boca de millones de chilenos son completamente naturales. Cuatro palabras que en boca del Presidente de la República provocaron que Eugenio Tironi, uno de los intelectuales más influyentes de la ex Concertación, saliera a decir en CNN Chile que Kast parecía «el gran párroco de la nación antes que el Presidente de la nación.»

El comentario fue recibido en ciertos círculos como un golpe ingenioso. El analista Álvaro Ferrer lo desmonta con precisión en su columna de El Líbero. Y tiene razón en algo fundamental: Tironi no dijo que Kast estuviera equivocado. No argumentó que Dios no existe ni que pedir su bendición sea algo absurdo. Solo dijo que eso «no correspondía» en ese lugar y con esa investidura.

Es una crítica de protocolo. Y las críticas de protocolo, cuando se usan para esquivar el argumento de fondo, son la forma más elegante de no decir nada.

El truco de la «neutralidad» que no es neutral

Aquí está la clave de todo el debate. La izquierda chilena lleva décadas presentando su rechazo a la religión en el espacio público como si fuera «neutralidad.» Como si no mencionar a Dios fuera no tomar partido, mientras mencionar a Dios fuera imponer una visión particular.

Ferrer lo explica con una imagen perfecta: es como si alguien dijera que todos los mapas están distorsionados, excepto el suyo, que es la realidad misma.

Porque el laicismo también es una posición filosófica. Decir que el hombre se agota en lo material, que no hay nada más allá de lo que se puede medir, que la trascendencia es una superstición privada que no tiene lugar en la vida pública, no es neutralidad. Es exactamente lo contrario de lo que cree la mayoría de los chilenos. Y se presenta como si fuera una verdad objetiva que todos deberían aceptar.

Eso no es separación entre Iglesia y Estado. Es ateísmo disfrazado de protocolo.

Lo que Tironi debería haber dicho pero no dijo

Si el comentario de Tironi fuera intelectualmente honesto, tendría que haber elegido entre dos caminos.

El primero: argumentar que Dios no existe y que invocar su bendición es por tanto un error. Eso sería un argumento real, debatible, filosóficamente serio. Pero también sería comprometedor, porque lo obligaría a defender una visión del mundo que comparte con una minoría de los chilenos.

El segundo: argumentar que la Constitución prohíbe que el Presidente mencione a Dios. Pero ese argumento tampoco se sostiene. La propia Constitución chilena en su artículo primero habla de promover «la mayor realización espiritual y material posible» de las personas. Incluye lo espiritual. Explícitamente.

Ninguno de los dos argumentos hizo Tironi. Hizo uno más cómodo: decir que no correspondía. Y eso, como señala Ferrer, es esquivar el debate de fondo.

Lo que significa pedir la bendición de Dios para un país

Ferrer lo explica con una claridad que merece ser repetida. Un presidente que termina su discurso pidiendo la bendición de Dios está haciendo dos cosas que son políticamente saludables.

Primero, está reconociendo que hay algo por encima de él al que debe rendir cuentas. Eso es humildad. Y la humildad es escasa en los gobernantes.

Segundo, está admitiendo que el bien de Chile no depende solo de lo que él haga. Eso es realismo. Y el realismo también es escaso.

Ninguna de las dos cosas convierte a Kast en el «párroco de la nación.» Lo convierte en un gobernante que no cree ser omnipotente. Que reconoce sus límites. Que sabe que hay algo más grande que el PIB y la tasa de desempleo.

Para millones de chilenos que van a misa los domingos, que rezan con sus familias, que piden por sus hijos antes de dormir, eso no es escandaloso. Es completamente normal.

El dato que el laicismo prefiere ignorar

Ferrer cierra su columna con un dato que merece ser conocido: en la capilla del Palacio de La Moneda se celebra Misa dos veces al día, todos los días. Cada viernes se realiza la Adoración al Santísimo Sacramento.

No es nuevo. Ocurre desde hace décadas, con presidentes de distintos signos políticos. No es una imposición religiosa. Es el reconocimiento de que quienes gobiernan Chile son personas con fe, que ordenan su poder según valores que trascienden la política.

Eso no le hace daño a nadie. No viola ningún derecho. Y representa a una mayoría de chilenos que comparte esa fe, aunque Eugenio Tironi prefiera no mencionarlo en sus comentarios de CNN.

La conclusión que la izquierda no quiere aceptar

La izquierda chilena tiene una relación complicada con Dios. No es ateísmo declarado, porque eso le costaría votos. Tampoco es fe genuina, porque eso la obligaría a aceptar valores que no comparte. Es algo intermedio y más cómodo: ignorar la dimensión espiritual cuando conviene y escandalizarse cuando otros la mencionan en voz alta.

Kast dijo «Que Dios bendiga a Chile.» Lo dijeron antes que él Franklin Roosevelt, John Kennedy, Nelson Mandela y prácticamente todos los líderes democráticos del mundo occidental en algún momento de sus mandatos. Lo dice el 70% de los chilenos que se declara creyente.

Que eso escandalice a los intelectuales de la izquierda chilena no dice nada sobre Kast. Dice todo sobre ellos.

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