La oposición chilena enfrenta esta semana un cuestionamiento que va más allá de la habitual pelea de declaraciones con el Gobierno: la pregunta de si, más allá de sus diferencias internas, tiene o no una propuesta propia y coherente frente a los principales problemas del país. El fin de semana pasado, el biministro del Interior y de la Segegob, Claudio Alvarado, fue directo en una entrevista con El Mercurio al señalar que «(en la oposición) no hay un liderazgo ordenador como contraparte efectiva al Frente Amplio y al PC». Consultado por si el Socialismo Democrático debía «rendir cuentas» a esos sectores en medio de la tramitación de la megarreforma, Alvarado fue enfático en apuntar al problema de fondo: la ausencia de una conducción capaz de ordenar al bloque.
La respuesta no se hizo esperar. Este lunes, la diputada Lorena Fries (FA) salió al paso de la acusación, sosteniendo que «es más bien la pauta del Gobierno y de la derecha intentar siempre poner a la oposición como fragmentada y dividida», y defendiendo que el sector actuó unido durante toda la discusión de la megarreforma. Sin embargo, la controversia sobre el estado real de la oposición está lejos de cerrarse.
Lo que dicen los propios analistas
El diagnóstico de fragmentación no es solo una lectura interesada del oficialismo. En un contexto de tensión más amplia, el analista político y director del ICSO-UDP, Claudio Fuentes, había planteado semanas atrás un diagnóstico que hoy vuelve a cobrar vigencia: «la oposición primero ha sido poco clara respecto de las alternativas a las políticas del gobierno. Creo que ahí ha fallado en términos de cuáles son las cuatro o cinco ideas claves que van a organizar su discurso respecto de esta propuesta». Según Fuentes, la falta de cohesión y la ausencia de un proyecto común han dejado a la oposición sin capacidad real de influir en el debate legislativo del país.
En la misma línea, otro análisis recogido semanas atrás por BioBioChile citaba a expertos que describían la situación del bloque opositor en tres palabras: «descoordinación», «desorden» e «incapacidad de plantearse respecto del Gobierno como una oposición unida, que le permita influir en las decisiones o tener una propuesta concreta». (Nota: ambos análisis corresponden a la discusión de la megarreforma de comienzos de julio; se citan como contexto de un diagnóstico que se mantiene vigente, no como declaraciones de esta semana).
El patrón se repite: divisiones internas sin salida a la vista
El episodio de esta semana no es aislado. Durante la tramitación de la megarreforma, las diferencias estratégicas dentro de la oposición terminaron por destapar fracturas internas en el Partido Socialista y el PPD, con episodios que incluyeron un enfrentamiento público entre la presidenta del PS, Paulina Vodanovic, y la senadora Daniella Cicardini, además de una negociación directa del PPD con el Ejecutivo respecto a la invariabilidad tributaria del proyecto, realizada sin el respaldo de la directiva partidaria ni del resto del bloque opositor.
Incluso dentro del propio sector se han reconocido estas diferencias. El jefe del comité de senadores del PS, Juan Luis Castro, había apuntado directamente al Partido Comunista al señalar que ese partido «no da lugar a una propuesta y se afirma en el rechazo», una autocrítica poco habitual que ilustra las tensiones internas que atraviesan al bloque opositor incluso en materias donde formalmente coinciden.
El contexto: la crítica de Manouchehri y la respuesta oficialista
La discusión sobre el estado de la oposición se cruza, además, con las propias críticas que el sector ha dirigido al Gobierno en los últimos días. El diputado socialista Daniel Manouchehri había señalado que la administración de Kast «está perdiendo el control» tras una semana marcada por controversias. Frente a ese tipo de acusaciones, la respuesta del oficialismo ha sido consistente: emplazar a la oposición a mostrar, más allá de la crítica, una hoja de ruta propia sobre seguridad, empleo o reconstrucción —algo que, según el diagnóstico repetido tanto en el Gobierno como entre analistas independientes, el sector no ha logrado articular con claridad.
Un bloque que se define más por el rechazo que por la propuesta
Lo que emerge de este diagnóstico —compartido, con matices, entre el oficialismo y analistas políticos— es la imagen de una oposición que ha logrado mantener cierta unidad táctica en momentos puntuales, como la votación de la megarreforma o el rechazo a la eventual privatización de Codelco, pero que no ha logrado construir una propuesta programática propia y reconocible frente a los grandes temas de la agenda nacional: seguridad, empleo, reconstrucción o la propia arquitectura tributaria del país.
Lo que viene
Con la megarreforma prácticamente despachada y la discusión pública puesta ahora en la ejecución de la agenda de gobierno, el desafío para la oposición será transformar su capacidad de veto y de crítica puntual en una propuesta articulada de cara a lo que viene. Mientras eso no ocurra, el diagnóstico de Alvarado —»no hay un liderazgo ordenador»— seguirá siendo, para buena parte del debate político, más una descripción que una acusación.