Estas organizaciones rinden cuentas a quien las financia, como cualquier otra, entonces el problema no es que mientan sobre el trabajo forzoso: el problema es a quiénes sirven cuando lo denuncian.
En los últimos días, Estados Unidos le subió el arancel a Chile del diez al doce coma cinco por ciento. El motivo no fue dumping ni un déficit comercial: fue el presunto incumplimiento a la hora de prevenir importaciones de productos supuestamente elaborados bajo trabajo forzoso.
Esta postura fue defendida por las ONG Fundación Libera y Centro Ecoceanos, dos organizaciones chilenas que expusieron el ocho de julio en un panel para organizaciones para la sociedad civil organizada por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, apuntando a la salmonicultura y la agricultura nacional.
La reacción no se hizo esperar. Parlamentarios de gobierno y de oposición las llamaron traidoras. Antipatriotas. El canciller habló de error; diputados pidieron investigar su financiamiento y hasta cancelar su personalidad jurídica.
Yo creo que todos se equivocan, aunque la razón no es tan evidente.
No son traidoras. ¡Son tremendamente fieles!
Fundación Libera pertenece a una red internacional, la Coalición contra el Trabajo Forzado en el Comercio, cuya fundadora, The Freedom Fund, se financia con dinero de la fundación de Bill y Melinda Gates, del grupo Bloomberg, del multimillonario neozelandés Christopher Chandler y de la Skoll Foundation. Es filantropía de agenda global, con sede en Londres y Nueva York, no una asamblea de trabajadores agrícolas de Molina o de pescadores de Chiloé. A Ecoceanos, ni siquiera se sabe quién la financia.
Estas organizaciones no son traidoras. Actúan con estricta coherencia y alineación con los intereses de quienes las financian, y esos intereses no son los de un temporero que trabaja en nuestro país, sino los intereses de una agenda progresista global, muy lejos de las preocupaciones reales de los chilenos.
El trabajo forzoso existe como problema y merece ser vigilado, tanto en Chile como en cualquier parte.
Pero estas fundaciones, ¿buscan realmente solucionar el problema?
Fundación Libera representó a una familia venezolana que denunció trabajo forzoso en Molina entre dos mil veintiuno y dos mil veinticuatro. El caso terminó sobreseído por falta de pruebas. Si el objetivo hubiese sido realmente la justicia para esa familia, la fundación habría perseverado ante los tribunales chilenos. No lo hizo. Lo que necesitaba no era justicia, sino un caso: el pretexto para llevarlo adonde de verdad le convenía.
La exposición internacional, no la corrección del problema, es el objetivo que sus financistas realmente buscan.
Estas organizaciones rinden cuentas a quien las financia, como cualquier otra, entonces el problema no es que mientan sobre el trabajo forzoso: el problema es a quiénes sirven cuando lo denuncian.
Dicho esto, Fundación Libera se gana, bajo cualquier análisis, el premio al amigo fiel.