El árbitro que también patea el penal: Lula y los 50 millones que cobran antes de votar

A cuatro días de un balotaje en empate técnico, Lula adelantó el pago de Bolsa Família a 50 millones de beneficiarios. El problema no es el programa: es que el candidato maneja la caja.

Imagine una final de fútbol empatada en la que, a minutos del pitazo, uno de los capitanes puede decidir cuándo se abren las puertas del estadio, quién entra gratis y a qué hora se reparte la comida en las tribunas. Nadie diría que ese partido se juega en igualdad de condiciones, aunque el reglamento no lo prohíba. Eso es, en simple, lo que está pasando en Brasil a días de la segunda vuelta del domingo 25 de octubre.

El tablero está parejo como pocas veces. En la primera vuelta, el senador Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula da Silva el 45,16%. La última encuesta Datafolha da a Flávio un 51% y a Lula un 49% en votos válidos, un empate técnico. En una elección así, cada voto vale oro. Y justo ahí, el lunes 19 de octubre, el Gobierno cambió el calendario de Bolsa Família para que sus cerca de 50 millones de beneficiarios cobren antes del domingo. Según el calendario original, cerca de la mitad de las familias recibiría el pago de octubre después de la elección; ahora todas lo harán antes. Los depósitos, que se iban a escalonar hasta el 30 de octubre, quedaron concentrados entre el 19 y el 21. Es decir, el dinero llega cuatro días antes de votar. A eso se suma que, poco antes de la primera vuelta, Lula subió un 15% el beneficio, cuyo piso llegó a 691 reales.

El Gobierno tiene una explicación. El Ministerio de Desarrollo Social sostiene que adelantó los pagos por el aumento de desastres climáticos y las previsiones para los próximos meses, y que la medida también regirá en noviembre y diciembre. Puede ser cierto. Pero cuesta no preguntarse por qué la urgencia climática se hizo evidente justo la semana en que el Presidente necesita revertir una derrota. El propio Lula fue directo en una entrevista con SBT: “No voy a dejar de dar un beneficio que puedo dar porque hay elecciones”. La frase es honesta y, a la vez, es exactamente el problema: él puede darlo. Su rival no.

Hay que ser claros en lo que esta columna sostiene y lo que no. No hay hasta ahora una resolución de la justicia electoral brasileña que califique la medida como ilegal, y Bolsa Família es un programa con más de veinte años, que ha ayudado a millones de familias pobres. El punto no es el programa; es quién controla la llave. Cuando un candidato que compite por la reelección decide, a días de la votación, cuándo llega el dinero a 50 millones de personas, la frontera entre política pública y propaganda se vuelve borrosa. ¿Qué diferencia percibe el elector que recibe el depósito el miércoles entre un beneficio del Estado y una oferta de campaña? Para él, probablemente ninguna. Y eso debería incomodar a cualquier demócrata, sea de izquierda o de derecha.

Por eso mismo, el argumento no depende del nombre del candidato. En 2022, Jair Bolsonaro hizo algo muy parecido: tras quedar detrás de Lula en la primera vuelta, adelantó los pagos del programa, entonces llamado Auxílio Brasil, para que se hicieran entre el 11 y el 25 de octubre, antes del balotaje del día 30. Estuvo mal entonces y está mal ahora. Que dos presidentes de signos opuestos hayan usado la misma herramienta no la vuelve aceptable; demuestra que el problema es la regla, no la persona.

Y la regla es esta. En Brasil, el Presidente puede buscar la reelección sin dejar el cargo. Compite contra un rival que solo tiene su discurso mientras él tiene, además, el calendario de pagos, la cadena nacional y la firma de los decretos. En Chile, en cambio, la Constitución no permite la reelección inmediata, precisamente para que nadie use el Estado como plataforma de su propia campaña. Brasil haría bien en elegir uno de dos caminos: que el Presidente que busca otro período se separe del cargo durante la campaña, o que quede prohibido modificar el calendario y los montos de los programas sociales en los meses previos a una elección. Cualquiera de las dos cosas devolvería algo de equilibrio a la cancha.

El domingo, los brasileños decidirán. Gane quien gane, la pregunta seguirá abierta: si en una elección empatada uno de los competidores puede repartir fichas con la billetera de todos, ¿quién está realmente eligiendo? Mientras el árbitro pueda patear el penal, el marcador nunca será del todo limpio.

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