Keiko Fujimori puede ser lo que Perú necesita después de 8 presidentes en 10 años

Kuczynski. Vizcarra. Merino. Sagasti. Castillo. Boluarte. Jerí. Balcázar. Ocho presidentes en menos de diez años. Destituciones, renuncias, un golpe de Estado fallido y escándalos de corrupción en cadena. Eso es lo que la izquierda y el caos institucional le dejaron al Perú. Hoy, con 1.027 votos de diferencia y el 98,25% de las actas contadas, Keiko Fujimori está al borde de ganar la presidencia. Y si lo logra, puede ser el principio del fin de la década más oscura de la historia política peruana.

La noche del domingo 7 de junio, Perú vivió una de las elecciones más reñidas de su historia. Con el 98,25% de actas contabilizadas a las 19:20 del 11 de junio, Keiko Fujimori supera a Roberto Sánchez por 1.027 votos. Fuerza Popular registra 9.036.027 votos válidos, mientras que Juntos por el Perú alcanza 9.034.942.

Mil veintisiete votos. En un país de 27 millones de electores. El margen más estrecho de la historia electoral peruana reciente. Y sin embargo, ese margen puede ser suficiente para cambiar el rumbo de una nación que lleva una década hundiéndose en su propia inestabilidad.

Los 8 presidentes: el catálogo del fracaso

Para entender por qué las elecciones de este año importan tanto, hay que repasar lo que Perú vivió en la última década. Destituciones, renuncias, vacancias, un intento de golpe y escándalos de corrupción marcan un ciclo de inestabilidad que no logra cerrarse.

1. Pedro Pablo Kuczynski (2016-2018) — 1 año y 236 días

Kuczynski fue el ganador de las elecciones de 2016. PPK pudo resistir una primera moción de destitución al conceder el indulto al expresidente Alberto Fujimori, pero dimitió frente a una segunda moción que no iba a poder salvar. Un presidente que llegó con promesas de modernización y que terminó negociando indultos para sobrevivir políticamente. No sobrevivió.

2. Martín Vizcarra (2018-2020) — 2 años y 231 días

Vizcarra buscó confrontar el Poder Legislativo, al punto de clausurar el Parlamento y convocar nuevas elecciones legislativas. El nuevo Congreso lo destituyó en plena pandemia del covid-19, tras salir a la luz indicios de corrupción durante su gestión como gobernador. Un presidente que clausuró el Congreso para terminar siendo clausurado por él.

3. Manuel Merino (2020) — 5 días

Manuel Merino, entonces presidente del Congreso, asumió el cargo, pero no resistió la presión de la ola de protestas contra su nombramiento, con dos jóvenes muertos por disparos presuntamente de la Policía, y dimitió cinco días después de asumir el cargo. Cinco días. El presidente más efímero de América Latina en décadas.

4. Francisco Sagasti (2020-2021) — Gobierno de transición

Una figura de consenso que simplemente contuvo el caos hasta las elecciones. Sin agenda propia. Sin proyecto de país. Solo administración de la crisis heredada.

5. Pedro Castillo (2021-2022) — 1 año y 132 días

Castillo mantenía al menos seis investigaciones por presuntamente ser el líder de una «organización criminal», por los supuestos delitos de obstrucción a la justicia y tráfico de influencias, y hasta por plagiar su tesis de maestría para ser profesor. Su destino terminó siendo el de presidentes anteriores: fue destituido y encarcelado tras intentar disolver el Congreso en diciembre de 2022. Un maestro rural que prometía representar al pueblo y que usó el poder para intentar un golpe de Estado.

6. Dina Boluarte (2022-2025)

Asumió como vicepresidenta de Castillo y terminó cargando con toda la inestabilidad de su antecesor. Su gobierno fue marcado por protestas masivas, muertos en manifestaciones y una aprobación que nunca despegó. Terminó siendo también destituida.

7 y 8. José Jerí y José María Balcázar (2025-2026)

Perú designó a José María Balcázar como presidente interino y completó ocho jefes de Estado en menos de diez años. Balcázar, de 83 años, forma parte del partido marxista Perú Libre, con el que Castillo ganó las elecciones. Un octogenario marxista como presidente interino. La imagen más perfecta del fracaso político peruano.

Lo que esa inestabilidad le costó al país: las cifras que duelen

La crisis política peruana no es un problema abstracto de cancillerías y palacios de gobierno. Se traduce en números concretos que afectan la vida cotidiana de los peruanos.

Perú es uno de los países con mayor informalidad laboral de América Latina, con más del 70% de su fuerza laboral fuera del sistema formal. La corrupción cuesta al Estado peruano aproximadamente el 2% de su PIB anual, según estimaciones del Banco Mundial. La inseguridad escaló en los últimos años hasta convertir a Lima en una de las capitales más peligrosas de la región. La inversión privada se retrajo sistemáticamente ante la falta de certeza institucional.

Y todo eso ocurrió mientras los presidentes se sucedían uno tras otro, cada uno demasiado ocupado en sobrevivir políticamente como para gobernar.

El mapa electoral: dos Perús en una sola papeleta

El mapa regional revela una división territorial marcada: Sánchez se impone en 17 de las 25 circunscripciones del país, con sus resultados más amplios en el sur y el centro andino, mientras que Fujimori domina la costa norte, Lima y la selva baja.

La geografía del voto cuenta la historia del Perú moderno. El sur andino, más pobre y más indígena, vota por la izquierda. La costa, Lima y las zonas con mayor integración económica, votan por Fujimori. Es la misma división que marcó todas las elecciones peruanas de los últimos años. Y es también la división que explica por qué gobernar Perú es tan difícil: cualquier presidente que gana, pierde la mitad del país.

Pero hay un dato que cambia la narrativa del voto exterior. Con el 94% de actas contabilizadas en el extranjero, Keiko Fujimori obtiene el 63% frente al 36% de Roberto Sánchez. En América, Fujimori gana con el 67,7% de los votos. En Asia, con el 89%.

Los peruanos que viven fuera de su país, los que conocen de primera mano lo que es vivir en sociedades con instituciones estables, con economías formales y con certeza jurídica, votaron masiva y claramente por Fujimori. Cuando uno ve funcionar el orden, sabe exactamente lo que le falta a su país.

Lo que Keiko representa: no es el pasado, es la alternativa

Hay que decirlo con claridad porque el debate político latinoamericano suele simplificarlo de manera injusta: votar por Keiko Fujimori no es votar por el fujimorismo de los años 90. Es votar por una alternativa al ciclo de caos que la izquierda y la inestabilidad institucional instalaron en Perú durante las últimas décadas.

Keiko ha perdido tres elecciones presidenciales anteriores. Ha sido detenida en el marco de investigaciones por presunto lavado de activos, causas que sus defensores califican de persecución política. Lleva años siendo la figura más cuestionada y también la más resistente de la política peruana.

Lo que nadie puede disputarle es lo siguiente: mientras ella no gobernó, Perú tuvo 8 presidentes en 10 años. Tuvo un maestro rural acusado de liderar una organización criminal que intentó un golpe de Estado. Tuvo protestas con muertos. Tuvo presidentes que duraron cinco días. Tuvo un octogenario marxista como presidente interino.

La alternativa que representa Roberto Sánchez no es diferente en su esencia a ese ciclo. Juntos por el Perú es heredero ideológico de la misma izquierda que aupó a Pedro Castillo. La misma que prometió representar al pueblo y usó el poder para esquivar la justicia.

La ventana de oportunidad: lo que Perú puede ser

Perú tiene recursos naturales enormes: es el segundo productor de plata del mundo, el tercero de cobre y el sexto de oro. Tiene costas, sierra y selva. Tiene una gastronomía que se convirtió en referente mundial. Tiene una clase media que creció durante los años del boom del cobre y que no quiere volver a la incertidumbre.

Lo que le falta es exactamente lo que dos décadas de caos le quitó: estabilidad institucional, certeza jurídica y un gobierno que dure lo suficiente como para implementar políticas de largo plazo.

Algunas entidades financieras ya consideran a Keiko Fujimori como la ganadora de la segunda vuelta presidencial. Los mercados, que son los primeros en castigar la inestabilidad, ya tomaron posición.

Si Keiko Fujimori gana, no será el fin de los problemas del Perú. Tendrá que gobernar con un Congreso complejo, con una sociedad dividida y con causas judiciales pendientes que sus adversarios usarán para desgastarla. Pero al menos habrá un presidente que no fue destituido en su primer año. Que no intentó un golpe. Que no plagió su tesis de maestría. Que no dirigió una organización criminal.

En Perú, en 2026, eso ya es mucho pedir. Y 1.027 votos pueden ser suficientes para conseguirlo.

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