La siguiente nota está basada en la columna «La ola derechista latinoamericana», publicada por María Asunción Poblete R. en El Líbero el 24 de junio de 2026.
En pocas semanas, la izquierda latinoamericana perdió tres países. Keiko Fujimori ganó en Perú por apenas 40 mil votos. Abelardo de la Espriella se impuso en Colombia por cerca de 250.000 sufragios, con Petro impugnando el resultado e intentando no reconocer la derrota. Y en Chile, José Antonio Kast lleva 100 días en La Moneda. El mapa político de la región se está redibujando — y la investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), María Asunción Poblete, ofrece en una columna reciente un análisis que vale la pena leer con atención, porque advierte tanto a la izquierda como a la derecha.
Por qué la izquierda sigue sin entender por qué pierde
Para Poblete, el primer problema de las izquierdas es su incapacidad de autocrítica. Ante cada derrota, la reacción es la misma: calificar al ganador de «ultra» y así deslegitimar el resultado antes de analizarlo. La investigadora cita el trabajo del politólogo neerlandés Cas Mudde — cuya influencia en Chile ha sido adoptada por instancias como el UltraLab — señalando que esa escuela agrupa bajo una misma etiqueta a líderes con orígenes y características muy distintas, lo que impide comprenderlos adecuadamente.
El punto más incómodo de su argumento apunta directamente a la coherencia del relato opositor: en Colombia, las alertas sobre riesgos para la democracia se levantan recién ahora que ganó De la Espriella, cuando el presidente saliente Petro gobernó en permanente tensión con los demás poderes del Estado durante todo su mandato. Las izquierdas antidemocráticas —desde el chavismo en Venezuela hasta el MAS en Bolivia— habrían merecido esa misma preocupación antes, sostiene Poblete.
El triunfalismo de la derecha también merece matices
Sin embargo, la columna no es una celebración. Poblete recuerda que entre 2017 y 2018 también hubo una ola de triunfos derechistas en la región que generó un exceso de confianza — y que no pudo consolidarse. Esa ola dio paso a una contraola de izquierda que, en Chile, terminó con el estallido social y la llegada de Gabriel Boric a La Moneda. «Podríamos estar en un escenario igualmente inestable», advierte, lo que debería conducir a la cautela en los análisis.
Su argumento de fondo es que el giro actual no significa que los pueblos latinoamericanos se hayan «convertido» a la derecha ni que se identifiquen con su historia. Se trata, dice, de una confianza circunstancial: los votantes están entregando su apoyo a quienes han mostrado mayor capacidad de hacerse cargo de las emergencias concretas de cada país, sean la inmigración, el crimen organizado, la economía o la corrupción.
La advertencia para Kast — y para De la Espriella
Esa misma lógica implica que el apoyo puede derrumbarse con rapidez si las promesas no se cumplen. «La popularidad puede caer muy rápidamente en los casos en que se llegó al poder con promesas grandilocuentes y expectativas desmedidas», escribe Poblete. Y en ese punto su análisis tiene una lectura directa para el gobierno chileno: el respaldo que los chilenos le dieron a Kast no es un cheque en blanco ideológico, sino una apuesta concreta por resolver emergencias reales.
En cuanto al nuevo presidente colombiano, Poblete es explícita: De la Espriella se declara admirador de Trump y tiene un cuestionable historial profesional como abogado, por lo que «no sería sensato que la derecha chilena lo mire como modelo». En el mismo párrafo recuerda que Jair Bolsonaro fue condenado por sus acciones golpistas y que Nayib Bukele ha vulnerado garantías constitucionales en El Salvador — líderes que plantean desafíos para quienes no quieren ser catalogados con la misma etiqueta.
Su conclusión es una advertencia que aplica por igual a Santiago, Bogotá y Lima: las derechas que están en el poder deben estar a la altura de lo que las emergencias exigen, sin jugar al límite con la democracia. Solo así sus triunfos serán sostenibles, «demostrando ante su ciudadanía que su aspiración no era el mero poder, sino superar los estragos que la aquejan hace muchas décadas».