«Una ciudad sucia y deteriorada suele tener un gobierno de izquierda»: la columna que compara Praga, Bratislava, Valparaíso y Santiago

La siguiente nota está basada en la columna «La administración sí importa y se nota», publicada por Magdalena Merbilháa en El Líbero el 30 de junio de 2026.

Magdalena Merbilháa, periodista e historiadora, acaba de regresar de un viaje por Europa Central que le dejó una conclusión política que muchos intuyen pero pocos se atreven a escribir con tanto detalle. El estado de una ciudad es el reflejo más honesto de la ideología de quienes la administran. Y la comparación entre Praga y Bratislava, dos ciudades que compartieron historia y sistemas políticos durante décadas, lo ilustra con una claridad que ningún informe de gestión podría superar.

Praga: lo que ocurre cuando una ciudad aprende de su historia

Merbilháa visitó Praga por primera vez en 1993, a pocos años de la caída del Muro de Berlín y tras la Revolución de Terciopelo que puso fin a décadas de socialismo real en Checoslovaquia. Lo que encontró entonces era una ciudad con arquitectura magnífica pero físicamente deteriorada, gris, sin comercio, lúgubre. La descripción no sorprende: era el legado urbano del comunismo.

Treinta y tres años después, la misma ciudad es otra. Vibrante, restaurada, segura, llena de restaurantes, tiendas abiertas hasta altas horas y espacios públicos cuidados. La República Checa apostó tras su liberación por la apertura económica y el libre mercado, y ese camino se ve hoy en cada calle de su capital.

Pero hay un detalle que la columnista rescata con especial énfasis: en el centro de Praga existe un museo dedicado a los horrores del comunismo. Cuando Merbilháa lo visitó, estaba lleno de jóvenes impresionados, interesados en conocer ese capítulo de represión, muerte y ausencia de libertad. Al lado del museo, un gran centro comercial instalado en un edificio histórico. El contraste entre los dos modelos, dice la autora, no podría ser más elocuente — ni más intencional.

Bratislava: lo que ocurre cuando una ciudad no elige bien

A pocos kilómetros de Praga, Bratislava ofrece el reverso del mismo experimento histórico. La capital eslovaca, que también vivió el comunismo y también se abrió tras su caída, tomó un camino distinto: cayó en manos de izquierdas nacionalistas y hoy es gobernada por facciones socialdemócratas en permanente pugna con una oposición que reclama más libertad.

El resultado urbano es visible a simple vista. Bratislava, escribe Merbilháa, está «completamente grafiteada y sucia», en contraste radical con Praga. La columnista identifica en esa diferencia un patrón ideológico: las izquierdas contemporáneas, impregnadas de lo que ella llama «wokismo», tendrían una especie de alergia al orden, a la limpieza y a la pulcritud, que se traduce en una permisividad con las incivilidades — el grafiti, la ocupación del espacio público, el desacato a las normas — que termina por destruir la ciudad física y simbólicamente.

El espejo chileno: de Hassler a Desbordes

El salto desde Europa Central a Chile es directo. Merbilháa lo hace sin rodeos al traer a escena dos ejemplos locales que cualquier santiaguino reconocerá.

El primero es el Valparaíso del Frente Amplio: toldos azules de ambulantes instalados como promesa electoral convertida en privatización informal del espacio público, mafias cobrando arriendo por la calle, suciedad, grafitis, comercio establecido huyendo hacia otras zonas ante la imposibilidad de operar. Un deterioro urbano que, sostiene la autora, no fue accidental sino consecuencia de una visión que acepta las incivilidades como expresión legítima.

El segundo es el Santiago de la administración Hassler: el mismo patrón replicado en la capital. Espacio público cedido a la informalidad, calles deterioradas, grafitis normalizados, incivilidades sin consecuencias.

Hoy, con Mario Desbordes al frente de la administración municipal de Santiago, la columna ve los primeros signos de un giro. «Ya se nota en la limpieza y en las acciones contra muchas de esas incivilidades», escribe Merbilháa. La tesis de fondo es que el cambio no requiere recursos extraordinarios ni reformas estructurales imposibles — requiere voluntad política y una visión clara de que el orden en el espacio público es un derecho ciudadano, no una expresión de autoritarismo.

La conclusión que incomoda

La frase con la que Merbilháa cierra su columna funciona también como su argumento central: «La administración sí importa y se nota». El estado de una ciudad, sostiene, es el indicador más democrático de la calidad de un gobierno: no requiere leer informes, no exige conocimientos técnicos, no demanda acceso a datos. Basta caminar por sus calles.

Y si ese termómetro urbano es confiable, la comparación entre el Santiago que heredó Desbordes y el que está construyendo es también, en miniatura, la comparación entre el Chile que dejó Boric y el que está intentando construir Kast.

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